Medellín y su Plaza Minorista. Colombia 1era parte

Vibrante, musical, alegre y colorida; moderna y selvática a la vez. Medellín, con sus sinuosas colinas, es abrazada por el Valle de Aburrá.

Las edificaciones contemporáneas conviven con un verde exuberante: hojas gigantes, flores descomunales, colinas que desafían al peatón y una marea de negocios diversos. La ciudad tiene mucha vida y parece estar atravesando un momento de apogeo turístico.

La ciudad fue fundada el 2 de noviembre de 1675 como la Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Medellín. Su nombre proviene de la ciudad homónima en Extremadura, España. Actualmente tiene aproximadamente 2,63 millones de habitantes.

Como les contaba, está en el Valle de Aburrá, sobre la cordillera Central de los Andes. Medellín se caracteriza por su topografía montañosa y clima templado. Es llamada la «Ciudad de la Eterna Primavera», aunque durante nuestra visita llovió sin tregua.

PLAZA MINORISTA: un mercado, una comunidad, comprometida y organizada

Este mercado, llamado Plaza Minorista José María Villa, fue fundado en 1984 gracias a las demandas de los comerciantes informales por un espacio digno; es un edificio de aproximadamente 50.000 metros cuadrados con tres niveles donde se distribuyen cientos de puestos organizados por sectores. Está ubicado en el barrio de La Candelaria, en el centro de Medellín.

La Plaza Minorista no es una plaza, pero evoca el origen de los mercados en nuestra región: aquellos que se situaban en las plazas en el centro de los pueblos y ciudades, donde agricultores y comerciantes ponían sus tarantines para vender alimentos, animales, artesanías, y también para socializar. Muchos mercados que conservan su autenticidad siguen siendo, ante todo, espacios de encuentro.

Nos recibe Meli Ospina, cocinera, profesora, comunicadora de encanto inaudito y alegría contagiosa. Entre muchas cosas, se dedica a hacer tours gastro-culturales por el mercado para difundir los sabores de su lugar, el trabajo de los comerciantes, y por supuesto también la cultura.

A Meli la conocen todos, saluda con amor y nos fue guiando por distintos sectores, yo recorrí el mercado con mi blusa de aguacates y me retraté en el puesto respectivo 😉

Comenzamos por el área del maíz. Un grupo de puestos donde se despliega la enorme diversidad de este ingrediente base de la cocina colombiana. No olvidemos que la arepa es el pan de nuestra región (digo nuestra porque acá se me escapa la venezolanidad).

Meli nos muestra los procesos que se hacen directamente en el mercado, acá se trabaja en comunidad. En algunos puestos ves cómo desgranan el maíz con implementos que ellos mismos han diseñado, optimizando las tareas. El pelado, la separación de sus partes—cada una de ellas aprovechada: las hojas se usan para envolver bollos y tamales, las barbas para infusiones diuréticas, los granos para diversas preparaciones (como unas torticas fritas en forma de bolitas que me volvieron loca), y la parte interna como exfoliante, alimento animal, tapón para botellas, abono o combustible.

Uno de los focos de la comunidad del mercado es la sostenibilidad. En tiempos como estos, me pareció algo maravilloso e inspirador. Además de esas prácticas, hay un trabajo social en el que el mercado brinda apoyo, educación y alimentos a las zonas vulnerables que lo rodean.

¿Qué les puedo decir? Mi cara de alegría y deleite recorría los pasillos repletos de gente, con carretilleros que pasaban pidiendo permiso, rápida pero amablemente. Este lugar es un deleite visual, gustativo y olfativo, voces y conversaciones acá y allá, entre los vendedores y visitantes.

El recorrido continúa con dos de nuestros anfitriones del viaje: Juan Pablo Mayorga, quien organizó una agenda de locura para llevarnos —a este grupo de mujeres de diversas nacionalidades— a conocer su ciudad de adopción y el Pacífico colombiano (eso será cuento para otro post), y Juan Miguel Elejalde, joven investigador de alimentos que trabaja para el grupo.

Juan Miguel ofrece un tour llamado Medellín Comestible, en el que recorre la ciudad mostrando frutas y hierbas que crecen acá y allá, entre edificios y parques. Además, se encarga de traer —a través de sus investigaciones y redes de contactos en todo el territorio— lo mejor del producto colombiano a las cocinas de los restaurantes que nos hicieron el honor de recibirnos.

Esta visita al mercado fue una experiencia cruzada por la emotividad. Las áreas de hierbas, pescado seco y los enormes bloques de queso costeño me recordaron el mercado de Mérida, el nuevo que está cerca de donde pasé mi adolescencia y el viejo que fue destruido por un incendio, donde me llevaba mi mamá de niña. Ese que describe con tanta belleza nuestro historiador Mariano Picón Salas en su libro «Viaje al Amanecer».

«Pero mientras se arreglan las complicadas cosas de la República, salgamos con mi abuelo a visitar el ruidoso mercado de los lunes. Los lunes llenos de fragancia rural, cruzados de burritos y bueyes cargueros que conducían a la plaza su olorosa provisión de frutos y vegetales, de gritos de vendedores, de trajes de indios, que bajaron hasta Mérida con sus tapizadas ruanas. Mi abuelo viene a buscarme (buen mozo y rapado como siempre), con su gran bastón de empuñadura de plata y repartiendo los saludos más corteses de la ciudad»

Mariano Picón Salas. Viaje al Amanecer

Juan Miguel nos lleva al área de frutas: una explosión de formas y colores invade los puestos. Nos va nombrando cada una, muchas desconocidas para mí, otras que recordaba de mi vida en Venezuela. Acá y allá los puestos engalanados con borojó, icacos, mamoncillos, chontaduros, mangos, badeas, guamas, anón, chirimoya, granadilla, zapotes, nísperos… fuimos probando algunas mientras recorríamos los puestos, que deleite. Amo las frutas, esta visita me produjo una gran felicidad. Sin duda cualquier persona que visite por primera vez una ciudad debe conocer sus mercados populares, porque los mercados son cultura.

Ya saliendo del mercado, pasamos por un puesto donde un señor, en una plancha, vertía un líquido amarillo que se transformaba en preciadas arepas recién hechas, esas maravillas que tanto amamos en Colombia y Venezuela. También cruzamos un colorido puesto de frijoles contenidos en grandes sacos, que me hizo recordar la famosa escena de Amelie, otro de hierbas y especias, donde compré una bolsa de onoto que traje en la maleta. Gran tesoro, que usaré como método de trueque por hallacas con mis amigos venezolanos esta Navidad. Me fui feliz del mercado con una bolsita de uchuvas que mis anfitriones me consiguieron tras mi mirada suplicante. Quise recordar a mi querido y ya ausente Tío Carlos, matemático que cuidaba la finca de café de mis abuelos, cultivaba orquídeas y tenía una planta de uchuva cuyos frutos llegaban de vez en cuando a casa como tesoros.

Pensé que podría contar Medellín en un solo posteo, pero ya ven: la vivencia lo merecía. Los relatos sobre los restaurantes que visité y mis platos y bebidas favoritas quedarán para otro escrito que armaré en breve. Mientras tanto, les dejo este. Si cuándo lo lean logran imaginar este Medellín lleno de sabor, me sentiré inmensamente feliz. Y ojalá leyéndome se sientan tentados a conocerlo.

Memorable puede ser una de las palabras que usaría para describir este reciente viaje a Colombia. También: desafiante, reflexivo, internamente movilizante, inspirador. Un viaje que, a la distancia, parece cuestionarme desde varios lugares, y siento que de manera positiva. Me confirma lo enriquecedor que es viajar, tanto en lo cultural como en lo interno.

Los quiero mucho, gracias por leer y compartir.

BOCADITOS FINALES

Para comunicarte con la adorable Meli Ospina y hacer el tour por la Plaza Minorista, puedes escribirle a infomeliospina@gmail.com o seguirla en su cuenta de IG @meliospinacocina

Para hacer el paseo Medellín Comestible y disfrutar del impresionante conocimiento de este investigador de los alimentos, sigue a Juan Miguel Elejalde en IG @arvenses

Dos opciones distintas y hermosas para hospedarte en Medellín:
La espectacular Casa Uribe: en medio de la ciudad, una casona histórica renovada con impecable diseño, piscina, sauna y espacios acogedores. Echa un vistazo en IG @casauribe.med y quédate sin palabras… y con todas las ganas de viajar con amigas a dormir en ese lugar de ensueño.

El moderno Hotel Binn: con las mejores vistas del Valle de Aburrá, es la opción si quieres disfrutar de un servicio de hotel confortable y sofisticado. Ofrece un delicioso desayuno en las bellas instalaciones de su restaurante Makha, donde además probé la propuesta gastronómica del chef David Suárez Estrada, de la cual estaré contando más en un próximo posteo. Aquí sus cuentas: @binnohotel y @davidsuarezestrada

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