Jana-Bi, la calle Venezuela y un caballo que era bien bonito

«Yo conocí un caballo que se alimentaba de jardines. Todos estábamos muy contentos con esa costumbre del caballo; y el caballo también porque como se alimentaba de jardines, cuando uno le miraba los ojos las cosas se veían de todos los colores en los ojos del caballo. Al caballo también le gustaba mirarlo a uno con sus ojos de colores, y lo mejor del asunto es que con los ojos de ese caballo que comía jardines se veían todas las cosas que el caballo veía, pero claro que más bonitas, porque se veían como si tuvieran siete años. Yo a veces esperaba que el caballo estuviera viendo para donde estaba mi escuela. El entendía la cosa y miraba para allá, y entonces mi hermana Elba y yo nos íbamos para la escuela a través de los ojos del caballo». Aquiles Nazoa

Me pasa mucho que a la hora que me dan ganas de ir a tomar el té es casi siempre la hora en que falta poco para que cierren Jana- Bi. Eran las 18.55, me vestí lo más rápido que pude, me encasqueté mis accesorios (que esta vez eran rojos para hacer match con mis zapatos rojos de patente). Cuando salgo de casa suelo vestirme bonito y ponerme accesorios, yo creo que eso lo heredé de mi abuela Delia, que siempre fue muy coqueta, y nos regañaba cuando salíamos desarregladas: “´!UY pero usted va a salir así! Al menos píntese la boca”.

Me fui entonces raudamente caminando por la acera de la calle Venezuela; y usted podrá pensar: ¿Venezuela?, y yo le respondo a usted que me lee: pues sí, vivo en la calle Perú entre Belgrano y Venezuela. Ahora que lo pienso hablando con usted, me pregunto a mí misma si una de las razones de mi decisión testaruda de vivir en este lado de la ciudad no será para estar cerca de la calle Venezuela… “Uno nunca sabeeee, capaz…” como dice la tía Ana María.  Por cierto, cuando yo tenía pocos años de vivir en Argentina, me tomaron una foto muy bonita en la calle Venezuela para ilustrar una nota que salió en la revista dominical allá en mi país, y hablaba de la sommelier venezolana que sedujo a Argentina, casualmente en aquella foto estaba vestida también de rojo y negro como hoy. Ahora pienso que la vaina era al revés porque la que fue seducida por Argentina fui yo.

2012, revista Todo en Domingo

Para seguir contándole entonces, caminaba yo por Venezuela y conforme me acercaba pude vislumbrar las cortinitas japonesas que cubren la puerta de entrada de Jana Bi meciéndose con la brisa, no sé porque esa visión de las cortinas de la casa de té movidas por el viento me produce siempre una sensación muy bonita y reconfortante.

Me senté pues a tomar mi té oolong que tenía un aroma delicioso y delicado a flores  blancas, comerme el respectivo Dorayaki y conversar con Caro y Felipe en la mesa de siempre. Jana Bi está habitado por objetos muy lindos, me puse a jugar con uno de ellos, es un caballito de madera que se mueve y bailotea cuando lo aprietas por debajo, un juguetico de madera bien bonito de otras épocas de los juguetes, a mí me gustaban mucho cuando estaba chiquita ese tipo de juguetes, recuerdo que los hacían de varios animales, creo recordar una versión de jirafa de mi infancia, que no sé si era mía y de alguna prima. Le dije a Caro que tendríamos que ponerle nombre al caballo.

Mientras seguía haciéndolo bailar se me vino a la mente una canción llamada Carmela que canta Lilia Vera, siempre me gustaron las canciones de Lilia Vera, son canciones que recuerdo de mi infancia, el ritmo de fondo de tambores de esa canción me pareció muy apropiado para los movimientos del caballito de madera. Por cierto, ese estilo musical del folclore venezolano se llama fulía.  

Dejé al caballo sobre la mesa con el hocico pegado a un jarroncito de flores mientras me terminaba de tomar mi té, y con esa imagen recordé de inmediato un cuento de Aquiles Nazoa que me gusta mucho que se llama “La Historia de un caballo que era bien bonito” que empieza así: “Yo conocí un caballo que se alimentaba de jardines…”; y como era bien bonito ese cuento, le pedí prestados los lentes de Caro, porque me había dejado los míos en casa, y les leí a ambos ese cuento como me lo pudo haber leído mi mamá cuando yo estaba chiquita, porque mi mamá siempre me leía cuentos cuando yo estaba chiquita, y también es por mi mamá que yo me sé las canciones de Lilia Vera.

Y terminamos con Caro hablando de su mamá y me leyó algo bien bonito y también triste que había escrito sobre una foto vieja donde ella aparecía con su mamá y sus hermanas, y que también es uno de los objetos que habitan su casa de té.

Hoy antes de dormir pensé que hay cosas muy sencillas y bonitas que valen la pena ser escritas, y por eso me puse a escribir este pequeño relato para esas personas bonitas y sencillas que andan por allí viviendo la vida igual que uno.

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